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La piel del alma

Fueron muchas horas a lo largo de cuatro años en los que nos encontramos cada semana… La noticia de la enfermedad llegó por sorpresa, como siempre suele ocurrir. La ELA era desconocida para él y, la primera pulsión no fue otra que buscar información… La segunda fue buscar ayuda… Y así nos encontramos…

“El tiempo” se convirtió en el mayor tesoro. Un tesoro que se iría gastando irremediablemente le sacase o no partido… y decidió sacárselo…

Fue en esas sesiones semanales en las que se fue perfilando el camino, en las que se fue gestando la aventura, en las que el aventurero se vistió de héroe con un traje rígido, incómodo, exigente y desagradecido…

Y el tiempo y yo fuimos testigos…

El traje paralizaba poco a poco sus músculos, pero indicaba nítidamente por dónde transitaba la aventura…

Cada músculo que fallaba permitía resaltar aquellos que aún no fallaban para aprovecharlos al máximo… La enfermedad permitía agudizar el “sentido de la existencia”, uno mayor que los cinco a los que estamos acostumbrados para relacionarnos con la vida…

Cada pérdida podía convertirse en una despedida agradecida de un gran amigo que siempre estuvo ahí sin pedir nada a cambio… El cuerpo dejó de ser un enemigo que lo enfermaba, sino un amigo que se gastaba por él…

Y el héroe prosiguió su aventura atesorando instantes, disfrutando cada decisión, celebrando cada despedida…

Y el tiempo y yo fuimos testigos…

La cuesta aumentó su inclinación y la pendiente se hizo más dura… Las manos dejaron de prestar sus servicios y la humildad fue su próxima conquista… No, no es fácil dejarse ayudar… La heroicidad, tal y como se conocía, no parecía que tuviese otra función que la de ayudar a los demás… Nunca imaginó que había una profunda y apasionante trastienda detrás de ese escaparate…

Y se adentró en ella, y venció en la batalla más compleja y más discreta: la batalla frente al ego… Esa hazaña no aparecería en ningún libro de historia, no sería portada de ningún informativo, sólo en el interior de su faro se encendería una apasionante luz… Una luz que sería vista por aquellos que navegaran en la oscuridad, por aquellos que se adentraran en los mares de la existencia y surcaran los océanos, pero pasaría desapercibido para los que simplemente viven en la orilla o fondean cerca del espigón de la vida…

Pues el héroe, con capa de hierro y traje de plomo, continuó su marcha, cambiando los zapatos por ruedas cuando las piernas se despidieron exhaustas y generosas…

Fue otro abrazo agradecido de profunda amistad…

Y el tiempo y yo fuimos testigos…

La lengua ya flaqueaba, pero se esforzaba en ayudar a cristalizar los pensamientos en palabras… Las frases fueron más cortas, en tamaño y en distancia, ya que el aliento fallaba, y sólo alcanzaban unos pocos centímetros de distancia… Hasta que se hizo inaudible y la lengua y la garganta se despidieron entre lágrimas de felicidad por los tiempos compartidos…

Tragar ya no fue posible y la boca y la garganta se convirtieron en simples testigos inmóviles de un héroe que atravesaba nuevos y desconocidos senderos…

Y la vida continuaba abarcando cada vez menos espacio exterior y más profundidad interior…

Y el tiempo y yo fuimos testigos…

Las palabras eran dictadas al ritmo lento y tedioso del deletreo de los párpados… Las ideas debían ser comprimidas en una o dos palabras, pero antes, los pensamientos debían ser seleccionados para pasar el filtro de lo importante, de lo que merecía ser comunicado…

Y él héroe continúo ataviado con los pesados ropajes ya petrificados y atesorando su último y apasionante tesoro: él mismo…

Seguía manteniendo el músculo más rebelde y creativo, más apasionante y complejo, el compañero más fiel o el enemigo más temible: el pensamiento… 

Cada instante era tedioso o fugaz… El tiempo era enemigo, compañero o un simple invitado… Y la lucha continuó…

Y aún continúa… La batalla más apasionante se está viviendo ahora mismo al otro lado de la piel… La piel del alma… Y esa batalla pasa desapercibida para el mundo, excepto para aquellos que abren los ojos del alma…

Cada sesión cambió al testigo de todas esas batallas… La consulta que cada semana era una oportunidad de ayudar y acompañar a un enfermo, se convirtió en una maravillosa lección de vida, en un privilegio exquisito, en un espacio en el que cada instante era infinito y en el que la existencia podía ser abrazada…

Y las sesiones cambiaron la ubicación, de la silla de la consulta al sillón, del sillón a la silla de ruedas; de la silla de ruedas al sillón de la casa, y del sillón de la casa a la cama… Pero la ubicación existencial no cambió nunca: siempre fue de corazón a corazón, suspendidos en el tiempo sin importar el espacio…

Y el tiempo y yo fuimos testigos…

Después de todo ello, cuando miro a sus ojos puedo descubrir con alegría que el héroe sigue allí, que la batalla continúa y que esa batalla no es sólo de él, también lucha por mí, ¡por todos!… 

El héroe sigue siendo héroe, y al final, descubro con entusiasmo que, en realidad, siempre estuvo ayudando a los demás, siempre lucho por todos, dibujando el mapa del tesoro, los pasos por lo que surcar la aventura más maravillosa, alimentando la esperanza, la fe y el amor…

Mira sus ojos conmigo, atraviésalos con tu mirada y escucha lo que te dicen, porque si lo haces, descubrirás que no sólo hablan, sino que proclaman… Así que adéntrate conmigo y con mi imaginación y escucha el eco que resuena en el interior de su alma:

“Si pudiera hablar diría tantas cosas…

Es sorprendente el universo que vive dentro de mí. 

Nunca imaginé lo hondo que es el alma para lo pequeño que es el cuerpo… ¡desde fuera parece tan pequeñita!

Y es que es cierto que los ruidos del día a día, las urgencias, las noticias, los deberes y obligaciones cotidianas, las sensaciones físicas, las aficiones, los ratitos de siesta, las discusiones externas o internas, el calor o el frío, las deudas, el partido del domingo, los “tengo que” adelgazar, dejar de fumar, aprender inglés o el resto de instrumentos de la orquesta ejecutando el “himno de lo cotidiano” dificultan excesivamente disfrutar de una melodía tan sutil, tan sensible y a la vez tan profunda como es “la armonía del alma”…

Si de verdad pudiera expresarme te diría que la vida no es aquello que pasa, ni siquiera aquello que te pasa, sino cómo vives aquello que pasa… Entre la acción y la reacción hay un espacio maravilloso, tan fino y delgado como profundo e inmenso que no es otro que la piel. Pero no me refiero a la piel del cuerpo, sino a la piel del alma… 

La piel es el sentido que interpreta los estímulos externos y los convierte en información que manda a nuestro cerebro a través del tacto. Pues la piel del alma es el sentido que interpreta los estímulos externos y los convierte en información que llegan a nuestro cerebro a través de las decisiones…

Sí. Si de verdad pudiera hablar te diría que no eres dueño de las cosas que te pasan, ni siquiera eres dueño de los pensamientos que te vienen a la cabeza… Pero sí eres dueño de la piel de tu alma, eres dueño de lo que haces con las cosas que te pasan, o con los pensamientos que te vienen… 

Es ahí, en la piel, donde puedes hacer que una palabra te hiera en lo más profundo o que una bofetada sea perdonada al instante y despierte en ti incluso la compasión hacia quien te la da… 

Pero no puedo decírtelo porque no puedo hablar…

Pero si de verdad existiera la posibilidad de que me escucharas, te diría que la vida es un regalo tan hondo y maravilloso que es inútil el tiempo que dedicas a apenarte por lo que pasó, porque durante ese tiempo te pierdes lo que está pasando o incluso impides que pasen cosas nuevas… Cada segundo es un regalo que no volverá y cada experiencia, cada circunstancia es un universo de aprendizaje puesto ahí para ser experimentado…

Ojalá pudiera decirte que, si es precioso vivir siendo consciente de los regalos que la vida te da, es más precioso aún caer en la cuenta de que esos son solo los que ves, pero que hay muchos más que no ves… 

Imagina nuestro planeta, piensa en la cantidad de detalles, de colores, de texturas, de paisajes inmensos e inabarcables o microscópicos e inaccesibles… Difícilmente en una vida podríamos conseguir disfrutarlos todos ¡ni tan siquiera conocerlos! 

Pues ahora imagina lo pequeño y minúsculo que es nuestro planeta, todo eso universo de detalles no es más que una mota de polvo en el verdadero universo… ¡Todo eso está escondido en tan poco…!

Es apasionante ser consciente de la belleza que se ve y de toda la que nunca veré pero que sé que existe. 

Pues así pasa con la vida. Si son maravillosos los regalos que vemos, más maravilloso es pensar que había muchos más dispuestos a ser abiertos, esperando para ti por si por casualidad pasabas por allí…

Pero no puedo decírtelo porque no puedo hablar…

No es fácil no poder hablar y tener que callarme todo lo que aprendí… Sobre todo, aquello que aprendí cuando ya no podía hablar ¡Es tanto!

Cuando ya no podía comunicarme con palabras fui consciente de mi universo interior. Y lo fui después de creer que, al ser tan hondo era en realidad un abismo al que caería sin remedio… 

Pensé que ya nada tenía sentido, que cada día sin comunicarme era una condena encerrado entre los barrotes del abismo interior al que temía caer y el cuerpo prisionero que no dejaba que mis músculos se movieran… No tenía espacio en el que estar sin caerme ni tenía músculos a los que pudiera agarrarme… Y al final caí…

Y fue sorprendente cuando descubrí que en mi universo flotaba, no caía… Y aprendí a navegar en él. Aprendí a volar hacia lo más profundo y volver a lo más superficial…

Aprendí a levitar en los pensamientos más altos y sutiles experimentando a Dios hasta en la enfermedad y en la tragedia más desesperada y al momento bajar a lo más básico y superficial y alegrarme por un gol de mi equipo… 

Vi que todo era compatible: 

Que te puede gustar la poesía y las películas de karate, de Charles Bronson o Mr. Bean. 

Que te puedes emocionar con el preludio en mi menor de chopin o con “We’re not gonna take it” de Twisted Sister… 

Que te puede encantar la literatura y apasionarte las matemáticas… 

Que puedes ser católico y de izquierdas o que puedes creer en Dios sin sentirte pecador… 

Que te puede encantar cocinar y disfrutar con una pizza o una hamburguesa o que te puede gustar más el Cardhú cuando le echas coca cola…

Pero no puedo decírtelo porque no puedo hablar…

Ojalá pudiera decirte que, aunque la vida estuviera escrita, aún puedes escribir el guion de cómo vivirla y entonces comprenderías que eso significa que la vida en realidad no está escrita…

Si pudiera hablar hablaría hasta por los codos cuando el de enfrente quisiera… 

Le contaría todo lo que sé para que fuese más rico… 

Le hablaría de mis errores, de las veces que fallé. 

Le hablaría de los fallos inconscientes y de los que hice a conciencia ¡De todos sin excepción! 

Y le hablaría de cómo me perdoné… 

Y le diría que nadie tiene la exclusiva del error ni del acierto porque son un bien común, un patrimonio de la humanidad dispuesto para ser usado con total libertad.

Le diría que yo podría ser cualquiera y cualquiera podría ser yo… y tú… 

Le diría que no es ningún mérito “ser”, pero sí es un mérito apasionante el “cómo ser”…

Ser alto o bajo, feo o guapo, rico o pobre, enfermo o saludable, o cualquier otra circunstancia no tiene ningún mérito positivo o negativo. Lo maravilloso e insondable es el cómo vivo esa circunstancia…

Si pudiera hablar diría que debajo de mi silencio hay miles de libros que escribiría o canciones que cantaría… 

Que recitaría mil poemas con el alma en cada verso y aún así no pararía hasta que me pararan… 

Pero no puedo decírtelo porque no puedo hablar…

Aunque también te diría que no me mires con tristeza… 

Los ríos no sólo bajan por la superficie de la montaña… Pues los manantiales más puros lo hacen bajo las piedras y fluyen con incluso más fuerza y alegría…

Mírame con alegría, porque todo lo que perdí es porque alguna vez lo tuve y he aprendido a disfrutar de lo que aún me queda y a perdonarme por lo que no disfruté… 

Así que mírame y aprende. Aprende a disfrutar de lo que aún no has perdido, aprende a hacer hueco en la agenda a las cosas importantes entre las cosas urgentes…

Mi enfermedad es sólo externa, afecta a mi carcasa, no a mi alma. A mi vida, no a mi existencia… Por eso no te preocupes en rellenar el silencio con palabras… Mi alma sigue fluyendo bajo la montaña seca, y fluye con alegría y vigor… Así que deja de vivir y disfruta la existencia… Acaricia la piel del alma…

Pero no puedo decírtelo porque la ELA ya no me deja hablar…”.

Amigo de Corzo

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