Etiquetas en salud mental

Una tarde cualquiera en nuestra consulta conjunta de neuropsicología y psicología clínica infantil:

-“Buenas tardes, somos Soraya y Macarena, psicóloga clínica y neuropsicóloga. Contadnos, ¿qué ocurre? ¿En qué les podemos ayudar?”

-“Buenas tardes, somos los papas de Mario de 6 años y estamos preocupados por si tiene TDAH”

-“¿Y qué les hace pensar que su hijo pueda tener TDAH? ¿Qué les preocupa?”

-“Pues que es muy movido, no para quieto y no atiende. Está como en su mundo, si le llamas no responde o sigue con lo que está haciendo, hay que repetirle las cosas y es caprichoso e impaciente (…) En el cole también nos han dado la voz de alarma porque le cuesta mucho concentrarse en las tareas, a menudo comete errores o las deja inacabadas, molesta a los demás niños… (…) no sabemos qué hacer, hemos probado a hablar con él, explicarle, hasta castigarle y nada nada parece servirle…”

 

El uso de las etiquetas

Nuestro cerebro está programado entre otras muchas cosas para percibir la información del entorno y categorizarla según sus características y nuestra experiencia previa. De esta manera lo que percibimos cobra sentido y familiaridad, podemos entenderla mejor, trabajar con ella y buscarla eficazmente cuando nos haga falta. Sin ese código, la información desordenada vagaría aleatoriamente y encontrarla sería tan difícil como hallar una aguja en un pajar. 

Las etiquetas son, para el cerebro, imprescindibles. Etiquetamos, categorizamos, clasificamos todo. Le ponemos nombre a cosas semejantes y de esa manera parecemos entender un poco mejor el mundo. Un chihuahua y un mastín son perros por muy diferentes que parezcan y hasta un niño de 3 años es capaz de entender que corresponden a la misma categoría a pesar de no parecerse físicamente en absoluto. Esto es gracias a las etiquetas. Nuestro cerebro dispone de un almacén semántico dónde guardamos la información previamente categorizada.

Y esto mismo intentamos hacer con la vida, con los comportamientos, la conducta, la expresión corporal… con lo que vemos. Pero nos olvidamos de algo muy importante: lo que no vemos. En ocasiones ponemos nombre a las cosas atendiendo únicamente a la realidad visible.

 Llamamos TDAH a un niño porque lo que vemos es atribuible a los criterios diagnósticos del DSM-IV compatibles con el Trastorno de Déficit de Atención con o sin Hiperactividad sin haber explorado previamente aquello que no vemos. Y esto ocurre de manera frecuente con la mayoría de los diagnósticos en Salud Mental. 

Recientemente un estudio de la Universidad de Liverpool  ha puesto de manifiesto la poca utilidad que a menudo tienen los diagnósticos en Salud Mental. Establecer diagnósticos frente a este  tipo de trastornos dice poco o nada sobre sus antecedentes, los eventos vividos con anterioridad que pueden tener relación con la sintomatología actual y por tanto, el caso particular de cada persona que se pierde al meterlos a todos en el mismo saco. 

Según la investigadora principal del estudio, Kate Allsoop “las etiquetas de diagnóstico crean la ilusión de una explicación, pero no tienen ninguna base científica y pueden fomentar estigmas y prejuicios”. Allsopp confía en que sus hallazgos sirvan para que los profesionales de la salud mental vayan más allá de los diagnósticos y consideren e incluyan otras explicaciones del sufrimiento mental como el trauma y las experiencias adversas, ya que este sistema de diagnóstico asume de manera errónea que toda angustia es provocada por un trastorno obviando la idiosincrasia de cada persona.

En un artículo previo también publicado por The Lancet, Allsopp y Kinderman propusieron que, en lugar de emitir diagnósticos de “trastorno de personalidad”, los profesionales de la salud mental podrían, por ejemplo, dejar constancia de la serie de eventos adversos y dificultades de salud mental experimentadas por el paciente, como posibles abusos sexuales, violencia por parte de la pareja o ingresos bajos, todos factores que pueden llevar (comprensiblemente) al enfado, a un estado de ánimo deprimido y a la autolesión. Se evitaría así la “patologización innecesaria” y podrían brindarse mejores servicios clínicos.

Categorizar está bien, ya sabemos que es la manera que tiene nuestro cerebro y nuestra mente de ver y entender el mundo, pero no todo es susceptible de ser etiquetado y menos algo tan complejo como el comportamiento humano donde lo que vemos, como siempre decimos, suele ser la punta del iceberg.

 

Macarena González Prián 

Psicóloga. Neuropsicóloga Clínica

Nº Col. AN06332