LOS CAMINOS DEL DOLOR FÍSCO

Normalmente en nuestras consultas hablamos del dolor psíquico, pero hoy queremos abordar el dolor físico, ese síntoma que acompaña con tanta frecuencia y de forma tan persistente la vida de muchas personas.

El “dolor” es como una gran autovía por la que el ser humano se ve obligado a circular en muchas ocasiones aunque el origen del recorrido sea diferente y el destino también. A veces se entra en la autovía del dolor y se sale tras un corto recorrido sin muchas dificultades. A veces el trayecto es más largo y es necesario apoyarse en las señalizaciones viarias y las orientaciones de la medicina y la ciencia para poder salir de la autovía del dolor.

En otras ocasiones y por diferentes razones el camino se complica y una vez que entramos no sabemos salir de esa autovía del dolor o cogemos por salidas inadecuadas que nos devuelven al mismo lugar. En esas ocasiones aunque que la medicina y la ciencia parezcan tener muy bien señalizada esa autovía para encontrar la salida, no aciertan a dar (y a que demos) con la salida correcta. Salidas relacionadas con medicamentos de variadas intensidades, o con tratamientos rehabilitadores de diversos tipos, o con intervenciones quirúrgicas curativas, o con métodos paliativos del dolor…. Hay veces que ninguna de estas salidas de impecable eficacia científica no nos sirven para encontrar la salida a nuestro dolor. Hay veces que la medicina se muestra impotente ante este síntoma y la solución que encuentra a nivel emocional es la de la “aceptación del dolor”, es decir, la de aceptar que esta autopista en la que estás circulando no tiene salida para tí y que debes seguir circulando complaciente y dolorosamente.

¿Cómo es posible que suceda esto en la época en que la tecnología ha conseguido un desarrollo tan colosal y que el cuerpo puede ser estudiado, fotografiado, analizado y tratado hasta límites nunca antes conocidos? En nuestra opinión la hegemonía de las corrientes más biologicistas han apartado de la práctica clínica la consideración del sujeto que habla y ha retornado a las teorías exclusivamente orgánicas explicándolo todo en función de neurotransmisores, hormonas y estructuras corporales dejando de lado completamente al sujeto, a la persona que habla sobre lo que le pasa, dejando de lado a la subjetividad. Este reduccionismo biologicista impide comprender la relación que puede existir entre las perturbaciones corporales y las anímicas. La paradoja radica en que el colosal desarrollo de la ciencia y la tecnología incluye un problema: la exclusión de la subjetividad del paciente.

Nuestra propuesta es otra, subjetivar el dolor. El dolor puede descifrarse, tiene un sentido, cumple una función y más cuando es resistente a toda intervención médica. ¿Podemos pensar qué nos está diciendo el cuerpo y que no hemos permitido que sea hablado de otras maneras? ¿Podemos establecer otro tipo de relación con el dolor y a la vez con la vida, que nos permita situarnos fuera de la disyuntiva entre acabar con el dolor o adaptarnos a él?

Esta propuesta no es una autopista de doble carril con una buena señalización y perfectamente iluminada. Esta propuesta supone empezar un recorrido por un camino que a veces será autopista y a veces camino se señalizar y en algún momento habrá que parar a hacer noche en algún bonito paraje que no estaba previsto en el recorrido inicial pero siempre con la intuición de que hay alguna salida válida para el dolor durante el recorrido.